3/2/15

3º Relato ganador concurso navideño

Hola queridos vigilantes aquí os presentamos con el relato 3º puesto del concurso de relatos navideño de Las vigilantes de sueños.

¡¡¡Disfrutad del relato!!!

Dedicación de la autora: Para Rocío Margarita "Chío"


Pedacitos de luz de Lily Bell


La noche más larga del año también es la más dolorosa, pienso recorriendo el cielo sin atreverme a mirar abajo, intentando hacer oídos sordos a los miles de gemidos y lamentos que se alzan sin piedad, intentando encontrar algo de consuelo en la Luna que brilla en su plenitud, o quizás unas palabras alegres que provengan de las finas nubes de algodón. Pero nadie responde a sus ruegos. Yo aprieto los puños, cierro con fuerza la mandíbula y paso de largo. Si se me escapa alguna lágrima indiscreta estoy demasiado ocupada como para notarlo.
Es inútil, me reprocho. Sé de sobras cómo va la cosa, no es mi primera Nochebuena ni será la última. Esta vez seré fuerte, me repito una y otra vez. Pero, aunque cada año me lo planteo, siempre acabo rompiendo las reglas.
<<Alexandra lloraba amargamente, en silencio, sobre el regazo de su abuelito. Se estaba muriendo. Con cada lágrima derramada se desvanecía un cuento de los que el hombre le solía contar, y con cada cuento olvidado se perdía en el limbo un pedacito de la infancia de la niña. Era una visión espantosa, ver cómo el corazón de la pequeña Alexandra se llenaba de agujeros negros que le absorbían los sueños y las ilusiones. Así que me acerqué, besé al anciano en la frente y él tuvo fuerzas para contarle un último cuento de Navidad a su nieta. El más bonito de todos. El que le hizo volver a ser una niña. Entonces se despidió y ella lo dejó marchar en paz.>>
<<Héctor estaba sentado en un portal que no era el suyo, abrazándose las rodillas y calado hasta los huesos. “Uno, dos, tres, venga, ahora sí”, se decía. Pero al instante la Voz de la Razón le respondía “sabes que sólo te hundirás más, olvídate de hacerlo”. Maldita Voz de la Razón. Es por su culpa por la que la mayoría de los sueños de la gente de buen corazón no se cumplen. La Voz de la Razón es la enemiga declarada de las Estrellas Fugaces. Es muy poderosa, y le estaba ganando a Héctor la batalla. Me di cuenta que no podía dejarlo pasar, no esa noche. De modo que me situé delante del joven y de un soplido le hice caer el anillo de compromiso que sostenía en sus manos heladas, y éste rodó por la acera sin intención de parar. El corazón de Héctor dio un vuelco y corrió como nunca había corrido para recuperar lo que era suyo. Sólo cuando el anillo volvió a estar a buen recaudo, se dio cuenta de que si lo hubiese perdido su vida ya no tendría sentido alguno. Volvió al portal donde había pasado horas meditando, pero esta vez no vaciló al llamar al timbre: “Soy yo, Elena. Tengo algo para ti.”>>
<<Estefan no probaba bocado desde hacía horas. No había asistido a la cena de Nochebuena con lo que le quedaba de familia. Se había quedado viendo como la casa se quedaba a oscuras, contemplando dos únicos regalos que jamás llegaría a entregar. “Oh… Julia… ¿Por qué tuviste que dejarnos?” era la frase que le rondaba en la cabeza desde hacía cinco meses. Un mes después el fallecimiento de Julia, Estefan había sido declarado incompetente como padre. Le habían sacado a sus hijos y probablemente no volvería a verlos. “¿Qué sentido tiene mi vida sin ella, sin ellos?” le preguntó a la ginebra de su vaso antes de engullirla de un sorbo. Ella, evidentemente no le dio una buena respuesta. Una vez instalada en su cerebro hizo de las suyas para acrecentar la desesperación de Estefan. El alcohol también acostumbra a ser enemigo de las Estrellas Fugaces. No podía permitirlo. Sobre todo porque en la lejanía oía dos vocecitas perdidas llamar a su papá. Esta vez pensaba hacer algo gordo. Abrí la ventana del salón de golpe y llamé al Viento para que me ayudara. Entre los dos hicimos tambalear todos los muebles de la sala, ante la estupefacción de Estefan. En una de esas sacudidas, un álbum cayó al suelo con un golpe seco, abriéndose justo en una página concreta, donde cuatro personas sonreían a la cámara abrazándose afectuosamente. Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas al ver a la familia unida que habían sido. Susurró: “¿Realmente querrías esto, Julia? ¿Querrías que los niños crecieran no sólo sin madre, sino además sin padre?”. Le retransmití a Julia la pregunta y ella misma hizo volar las páginas hasta que apareció en el álbum una imagen de una mujer joven sonriendo con naturalidad y haciendo un gesto de aprobación con el dedo pulgar. Estefan miró al cielo mientras apretaba el viejo álbum contra su pecho. Cuando se quiso dar cuenta ya corría bajo la nieve con una muñeca en una mano y una caja con un castillo montable en la otra.>>
Alexandra, Héctor, Estefan… No lo saben, pero ahora tienen un trocito de mí en su corazón. Por eso está prohibido ayudar directamente a la gente. Nuestra función en el mundo es mantener viva la esperanza, no cumplir deseos. Si cumplimos expresamente los deseos que nos piden las personas, incluso los deseos no formulados (éstos últimos son aún más fuertes) vamos perdiendo poco a poco nuestra luz, nuestra esencia, hasta extinguirnos como una lumbre en una ventisca. Por eso estoy muriendo a causa de romper las reglas, que por otra parte son bastante claras: “Dejarse ver cuando sentimos que se va a formular un deseo, pero JAMÁS intervenir. Brillar unos segundos para infundir la esperanza de que el deseo ha sido escuchado, y luego desaparecer”. Parece cruel, pero tampoco lo es tanto. Al infundir la esperanza, colaboramos en que la persona que ha formulado el deseo crea que es capaz de realizarlo por sí mismo. Pero claro, no siempre es posible. Y entonces hay que romper las reglas.
La mañana de Navidad se asoma perezosa. Los niños poco a poco se van levantando, algunos están aliviados de poder despertar y despedirse por unas horas de las pesadillas, otros por el contrario, desearían seguir durmiendo para no tener que enfrentarse a la realidad. Como cada mañana de Navidad me doy cuenta de que los que son felices son una minoría absoluta. Escucho el sonido de los corazones agrietarse. Es un sonido parecido a cuando el corcho o el porexpan se rompe. Suspiro y antes de que el Sol eclipse todas las pequeñas lucecitas hago acto de presencia en el cielo, infundiendo esperanza antes de que los corazones que he oído agrietarse lleguen a partirse del todo. Escucho los deseos de los corazones agrietados, como susurros reconfortantes. Ah, ¡cuánto me gustaría poder bajar y reparar esos corazones! Pero apenas me queda ya luz para sobrevivir, así que me tocará hacer lo que llevo toda mi existencia intentando evitar: limitarme a escuchar deseos sin poder cumplirlos. Con un suspiro triste me despido de los corazones agrietados y me dispongo a subir a mi hogar situado entre las tonalidades negras azuladas de la noche más fría y el torrente de sueños por cumplir que brota de la carcajada más pura. Pero como siempre, algo me detiene. Y ese “algo” es una flor.
Una florecita pequeña y discreta plantada en el alféizar de una ventana. Es una margarita de núcleo verde y grandes pétalos amarillos como el Sol. Está cubierta en su totalidad de gotitas de rocío que brillan reflejando los primeros rayos del alba. Antes de pararme a pensar cómo es que una flor tan delicada no ha perecido con la nevada, reparo en el bloc de dibujo que sostiene en sus manitas temblorosas. Un momento, ¿manitas? ¿Un bloc de dibujo? Vaya… No es una flor… Es una niña. El corazón me da un vuelco. El núcleo verde resultan ser dos ojos redondos y expresivos, que me miran directamente. Los pétalos amarillos y brillantes no son sino delicados bucles que enmarcan una cara pálida de muñeca. Y el precioso rocío que la cubría son las lágrimas que manan de sus ojos y mueren en su libreta, desdibujando sutilmente los pensamientos que ha plasmado en papel. La pequeña sigue sin apartar la vista de mí. ¿Realmente me ve? Intento acercarme a ella, pero algo me lo impide. Empujo con todas mis fuerzas, perdiendo parte de mi luz en el intento, pero es inútil. Es tan grande el dolor de la niña que ha creado una barrera de hielo a su alrededor, una barrera que ni siquiera la luz una Estrella Fugaz puede traspasarla. “Déjame pasar”, le suplico. “Déjame abrazarte”. “No” me responde sin dejar de clavarme sus ojos verdes. “Todo es culpa tuya, no voy a dejar que vuelvas a estropearlo”. Eso me ha dolido. Las Estrellas Fugaces hacemos el bien; acusar a una Estrella Fugaz es parecido a decirle a un hada que no crees en ella. Así que un poquito más de mi luz se desvanece. Ya que no me deja acercarme, al menos intento ver lo que esconde su bloc de dibujo, y al verlo me quedo sin palabras. Miles de bocetos y poesías dedicados a una madre que nunca conoció; Cientos de cartas a amigos (reales o imaginarios) que viven tan lejos como para siquiera imaginarse a que les olerá el cabello recién lavado; Decenas de historias para transportarse a mundos lejanos donde la Desesperación no pueda encontrarla; Y unos cuantos deseos a Estrellas Fugaces que jamás se cumplieron.
Su dolor se hace tan real en mí que lo siento como si yo lo padeciera. Empiezo a brillar cada vez menos a causa del desconsuelo que me provoca ver a mi florecita sin más sentimiento que el dolor más puro. Entonces se abre un pequeño recoveco en su muralla de hielo. Ya no pienso en ser una Estrella bondadosa, en escuchar la risa de los niños, en infundir esperanza a quienes me formulan un deseo. No. Simplemente quiero dejar de sufrir. Por eso la muralla se abre y me deja pasar. Sólo soy un alma en pena, igual que mi flor. Nos miramos a los ojos y por primera vez puedo ver su corazón. Es el corazón más brillante y luminoso que he visto en mi corta existencia de Estrella Fugaz, pero tiene apagado el interruptor. Si alguien pudiera encenderlo… Pero yo ya no puedo. Después de quedarme prácticamente sin esencia, apenas tengo luz para brillar una noche más, quizás dos, pero sólo como espectadora. Ya no podré volver a hacer feliz a nadie… Pero quizás alguien sí que pueda. Vuelvo a mirar a la pequeña florecita, a esos ojos como esmeraldas que me hacían culpable de su desdicha. “Algo tiene que haber”, me repito; al fin y al cabo son del color de la esperanza. Pero ella sigue desafiante: “No confío en ti”. Pero… ¡Eso es! Por primera vez desde que entré en su muralla de hielo tengo un motivo para sonreír. “Pero yo sí” le respondo con total sinceridad. “Yo sí que confío en ti, florecita. Confío en ti, créeme.” Mi flor abrió unos ojos como platos, escuchando las palabras que nadie le había dicho y que siempre había esperado escuchar. Yo aprovecho que tiene los ojos tan abiertos y me cuelo por ellos sin permiso. Bajo hasta llegar a su corazón. Maldita sea, ¿dónde está el interruptor? Aquí todo está oscuro y desordenado. Me tropiezo varias veces con la rabia y la sed de venganza, que aunque los guardo una y otra vez en el rincón más apartado siempre vuelven. Me abro paso a través de las cascadas de lágrimas que no se derramaron en su momento y se quedaron estancadas. No encuentro el interruptor. “Pero yo confío en ti”, le repito. Entonces me di cuenta que lo estaba volviendo a hacer. Me estaba inmiscuyendo en los deseos de alguien hasta el punto de intentar ordenar su corazón. Da igual, no puedo dejar que mi flor se marchite. “Confío en ti”, vuelvo a decir. Y con cada palabra pierdo un poco más de luz. “Confío en ti, mi flor”. Sigo perdiendo luz. Pero no me extingo como lumbre en una ventisca, sino que la luz que se escapa de mi cuerpo se instala en el corazón de la flor, iluminándolo trémulamente. “¡Escúchame, sé que puedes oírme!”, grité con mis últimas fuerzas. Por primera vez había captado su atención, aunque estaba confusa de no saber de dónde venía la voz. “Yo confío en ti, siempre confiaré”. Me responde, pero esta vez no es para atacarme. “¿De… de verdad confías en mí?” Preguntó bajito, como si no se creyera estar hablando con una Estrella Fugaz. “De verdad, flor. Confío en ti”. Y ésas fueron mis últimas palabras. Me extinguí, me fundí, me desvanecí. Pero no fue en vano. La poca luz que me restaba quedó asentada en el corazón de mi flor y con el tiempo derritió la muralla de hielo. La flor ya no necesitaba el rocío para brillar, lo hacía con luz propia, con una luz que emanaba de sus ojos color esperanza, y que se sacudía igual que sus rizos rubios con cada carcajada. Esto último, evidentemente no lo sé, pues sólo soy el lejano y perdido recuerdo de una Estrella Fugaz sin nombre que hizo que Rocío Margarita (así se llama mi niña-flor) volviera a sonreír. Pero perdí mi luz en un acto de fe, y ella recuperó la suya en uno igual, así que todo apunta a que funcionó. Si sigue sonriendo aún hoy en día no lo sé. Pero tú podrías preguntárselo. O simplemente regalarme una sonrisa. Venga hazlo, que nadie te vea.
Gracias.
Quizás, después de todo, aún no haya perdido toda mi luz.











Administradoras 
"La verdad es que es una historia preciosa la que escribio Lily, la forma en la que dio vida los pensamientos y deseos de una estrella le da fuerza a su relato y ese final tan...no sabemos como describirlo, pero sin duda nos hizo sacarnos una sonrisa. ¡Enhorabuena!"

Si les gusto el relato, no duden en pasarse por su blog. Podréis acceder a su blog a través de la pestaña "Ganadores concuso" o a por medio del banner.


4 comentarios:

  1. Precioso y profundo....como lo es ella, que siempre se apaga un poco por los demás pero con una fuerza inconmensurable.

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  2. ¡Omg! ¡Me mencionan! Lily, sé que estás leyendo esto xD... ¡Muchísimas gracias por el relato, es precioso, ya lo sabes ;)!

    ¡Te quiero mucho :*!

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  3. Qué preciosidad :O
    Me ha gustado mucho :)

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  4. Hay Dios, juro que no sé ni en qué siglo vivo.
    Muchísimas gracias a todas, en especial a las administradoras por haber elegido mi relato como tercer ganador, escribiendo por primera vez en bastante tiempo y sabiendo con la cantidad de buenas escritoras (como Sara y Alba) con las que me "batía" lo último que esperaba era ganar algo. Pero GRACIAS de verdad.
    Gracias a mi padre por creer que podía volver a escribir (es el Anónimo de arriba... cuando me enteré que ya habían subido mi relato no estaba en casa y lo acosé vía whatsapp hasta que lo leyó... xD), a Chío por ser mi florecita, y a Sara que ahora mismo voy a leerme su relato porqué seguro que es maravilloso.
    Besitos a todos!

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